lunes, 23 de febrero de 2009

Panero en Sevilla, por Jabo H. Pizarroso

La sensación de estar frente a un ídolo muerto es tan estridente como comerse una nuez con cáscara. Duelen las mandíbulas y el cuerpo genera una digestión llena de cristalitos en el estómago. El pasado día 21, Sábado, dentro del II Festival de Perfopoesía de Sevilla, se realizó un homenaje a la figura de Leopoldo María Panero. “Soy un muerto en vida”, fueron sus primeras palabras cuando inició su intervención, si se le puede llamar así, dentro de la carpa central del Festival abarrotada de gente. Panero ya está protegido para la literatura como uno de los poetas más venenosos e imprescindibles de la literatura española del Siglo XX. Su obra que no abarca todos sus libros, se encuentra en un merecido lugar, y su cuerpo, su mente de psiquiátrico enferma, su mirada triste y de pozo sin fondo, sigue meneando la insuficiencia de coristas de poco lustre y pseudopoetas allá por donde va. “Algunos acabamos de descubrir quienes son los saltimbanquis que se mueven dentro del alma del poeta y no le dejan descansar”. Pero no es la primera vez. Y desgraciadamente no será la última. Allá por los noventa ya era traido y llevado desde el Sanatorio de Santa Águeda en Mondragón para declamar conferencias de antipsiquiatría por doquier y regurgitar intensos delirios sobre la CIA o sobre conspiraciones extravagantes contra su figura. Más de uno declinó invitaciones a charlas conjuntas o recitales de poesía con Panero ya que corría el rumor de que alguien lo Iba a matar. Rumor difundido por él mismo. Nadie quería ser un efecto colateral muerto al lado de un poeta muerto en una mesa de un festival cualquiera. El compromiso poetico no llega a tanto.
Panero se convirtió en un poema hace tiempo y ahora solo nos quedan sus restos. Él sabe que tenía que estar muerto hace muchos años, lo ha deseado con fuerza, y que ahora solo le queda levantar el puño en alto en escenarios improvisados para reivindicar una poesía que corre el riesgo de leerse mal o de leerse como un acto folclórico para freakis inclasificables. Pocos poetas como él saben o desconocen que alrededor suyo se agolpa un número fiel de seguidores que convierten cada acto poetico de comunión con el “genio” en un asesinato a un chivo expiatorio. “Me han empalado, me han crucificado y me han matado”, por estas palabras deduzco que él lo sabe, pero se deja llevar por la riada postmodernista que desconoce su obra y que degusta su ruina como un perro malcome la hamburguesa mordisqueada escondida en un basural. Y aplauden, y ríen, y dibujan la máscara de una carcajada sobre un hombre abatido, sin consuelo, que solo quiere que le dejen descansar y que alguien se encargue de la gestión de los derechos de obras a las que ha dado su cuerpo y su alma entera y por las que ha muerto hace tiempo, mucho tiempo.
Ya lo dijo con mayor claridad Roberto Bolaño cuando le preguntaron, “¿Ha tenido alguna vez miedo de sus fans?, “–He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte, me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que, por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.”
El Sábado mataron otra vez a Leopoldo María Panero, esta vez en Sevilla. Seguramente esta efeméride pasará a la historia de la literatura. O no.

Panero en Sevilla

Mono Azula Editora
Boletín y blog editorial 2009

No hay comentarios: